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Comienzo este artículo diciendo que les pregunté a varios laicos su opinión sobre los que se alejan: por qué se alejan y cómo atraerlos. Me llamó la atención el gran interés puesto en el tema y sus respuestas muy concretas y con gran amor a la Iglesia. Ví que en las causas todos concordamos en muchas pero en la solución no sabemos cómo hacerlo.

Cuando Jesús dijo la parábola de las noventa y nueve ovejas guardadas en el rebaño y la única perdida nos enseñó que el pastor sale presuroso a buscar a la única perdida: así actúa el Señor con nosotros. La pregunta es para nosotros discípulos del siglo XXI: ¿qué hacemos nosotros por la oveja perdida? Mi humilde y sincera respuesta es que hacemos poco o nada por aquellos que se han alejado por culpa nuestra. Nuestra pastoral está dedicada a las pocas ovejas del rebaño (las encuestas dicen que sólo el 10% de católicos va a Misa los Domingos; una mayoría aplastante del 90%no asiste dominicalmente) y no hacemos nada por las de fuera, los alejados, los no practicantes. Somos en su mayoría una Iglesia poco misionera, centrada en nosotros mismos. Se capta que “el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional” DA 100.

Cuando estaba de párroco en Achupallas una señora me dijo: yo cuando necesito algo (material) vengo a la Iglesia católica, pero cuando necesito sentir a Dios, cantar, alabar al Señor voy con los hermanos evangélicos. Un pastor evangélico me dijo un día: ustedes los sacerdotes predican sobre documentos, cartas, teologías, planificaciones, etc., nosotros predicamos con el corazón la palabra de Dios, la Biblia misma. Estos dos hechos de vida nos cuestionan.

CAUSAS DEL ALEJAMIENTO DE LA IGLESIA.
Porque están inmersos en la sociedad y obedecen a los nuevos dioses resumidos en el dinero y el status y así la fe y la Iglesia sobra. Los trabajos son muy estresantes y el Domingo es para descansar y arreglar algo la casa, hacer compras.

  • Porque están en una situación de pecado y creen que no serán admitidos en la Iglesia, se creen indignos de Dios. Mucha gente ha sido rechazada en los colegios católicos o en las parroquias o en los movimientos por no pasar la prueba de la blancura de la fe. O sea “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra” no corre
  • Es cómodo ser creyentes a medias. Antiguamente se decía ser católico a mi manera, hoy se reduce la fe a “elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos” DA 12
  • Poca formación y los escándalos sacerdotales son un golpe fuerte . Nuestras homilías o cursos o catequesis no tocan el corazón de nuestros hermanos. Los malos ejemplos y delitos de sacerdotes pedófilos es un cuestionamiento profundo de la fe y de la Iglesia. Todo lo que predicamos se ve contradicho por los actos.
  • El anti testimonio de sacerdotes y agentes de pastoral. Los que estamos en la Iglesia con nuestra predicación y vida presentamos una Iglesia incoherente con lo proclamado. Predicamos solidaridad y estamos buscando el dinero y llevando vida muy cómoda, muy amigos de los más ricos. Predicamos reconciliación y tenemos divisiones internas por caracteres, prejuicios, opciones pastorales. Predicamos oración, abandono en el Señor y andamos estresados, mal genio e irritables. Predicamos amor  y tolerancia y nuestra vida está centrada en mi yo narcisista .
  • En el momento del dolor: enfermedad o muerte de seres queridos se sienten tramitados y no acompañados o abandonados. A los que más sufren los dejamos abandonados o los atendemos a la rápida. No hay cercanía humana y cristiana.
  • Los sacramentos y otros pasan a ser eventos religiosos que no dejan huella profunda en las personas.  Aun en aquellos que reciben catequesis más permanentes y clases de religión el encuentro con Jesús no marca, no transforma. Tocó la epidermis pero no el corazón.

¿QUÉ HACER PARA ATRAERLOS DE NUEVO?
A los que se alejaron o son esporádicos en nuestras asambleas creo que los vamos a atraer viviendo con autenticidad y alegría nuestra fe. Una fe que nos llena de amor, de felicidad en medio de las tribulaciones; sabiendo que el Señor es grande y nosotros somos pequeños.

Para reencantar o atraer a los hermanos y hermanas que se han alejado creo que debemos buscar dos caminos.

Una conversión personal que lleve a dar testimonio con la vida y las palabras que nos empuje a decir con autenticidad que “conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” DA 29. No podemos predicar homilías o dar catequesis abstractas, religiosamente correctas o dar doctrinas que no tocan a los hombres y mujeres de hoy. Nuestras conversaciones más allá del templo o de la liturgia tienen que estar empapadas de la Palabra de Dios. Como dice san Pedro: “El que habla que hable Palabra de Dios” (1 Ped 4,11). La conversión personal pasa por estar convencidos y hablar de nuestra fe en todas partes y no sólo en los ámbitos eclesiales .Los contemporáneos nuestros creen no los discursos sino nuestra vida, nos enseñó el Papa Pablo VI en 1975 (EN 21 y 41). Por eso en los discursos tiene que ir nuestra vida. Las homilías y catequesis y enseñanzas que demos no pueden ser neutrales, asépticas sino que mi vida está involucrada en lo que digo. La Palabra que proclamo necesitada ser guardada en mi corazón, como lo hizo la Virgen María para que escuchada, rumiada, interiorizada y hecha vida hable a los demás. Las personas que se han alejado o no tienen fe quieren verla plasmada en alguien concreto, en una persona cristiana: en su párroco, en su catequista, en su profesor de religión, en las religiosas, en los jóvenes. Como decía Juan Pablo II es necesario anunciar a Jesus en primera persona, no “como una Palabra del pasado sino como algo vivo y actual” VD 5. Los que se han ido se han desilusionado no de Dios sino de las caricaturas de Dios que les hemos presentado. Y quieren y desean “ver” y “sentir” a Dios cerca, un Dios siglo XXI,( NMI 16: “los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino que en cierto modo hacérselo “ver”) que está metido en este mundo actual. Mostrarles en nuestras conversaciones personales, en nuestros encuentros personales que Dios los ama infinitamente, más allá de su condición religiosa, humana, .Una religiosa que trabaja con los internos e internas privados de libertad me enseñaba que la clave era decirles: tú eres bueno(a), Dios te ama, tu ser más profundo no es ser delincuente, tu ser más profundo es divino.”Dios es en absoluto la fuente originaria de cada ser; es al mismo tiempo un amante con toda la pasión de un verdadero amor” DCE 10. Los obispos chilenos decían en unas orientaciones pastorales antiguas que lo mas evangelizador es el amor.

Una conversión pastoral de la Iglesia. Esta conversión debe convertir a toda la Iglesia en evangelizadora y misionera. Todos discípulos y misioneros. Nuestras comunidades deben dejar de ser los que animamos y los que son animados; gente activa unas pocas y una mayoría pasiva. En los movimientos se da muchas veces esta Iglesia, donde el ministerio presbiteral o el carisma religioso tiene su misión específica (sacramental, formación, acompañamiento) pero los laicos evangelizan, gestionan, organizan. Tenemos que dar el salto de una Iglesia encerrada en sí misma, en sus grupos y comunidades, en su preocupación económica y ser la iglesia de Jesucristo: “La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y sus actitudes” DA 31: siendo servidora, nunca exigiendo, poniendo condiciones, llenándose de leyes y reglamentos. Una Iglesia pobre desprendida de los bienes y solidaria de la suerte de las más necesitadas. Una Iglesia que se afirme en su Señor resucitado y no en los medios. Una Iglesia que cree en la gracia y en la gratuidad, no presentando la fe como una carga sino una liberación. Una Iglesia que viva la comunión con el Señor y entre nosotros sus miembros vivos. Sin amor entre nosotros todo queda en nada. Una Iglesia humilde que no busca protagonismos mediáticos ni políticos. “Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros (…) Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo (…) lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” Carta a Diogneto III. Ser una Iglesia que sea sal de la tierra significará morir a todo privilegio, vivir la kénosis del Señor, para que Él aparezca. Ser una Iglesia -luz del mundo que nos dejemos atravesar por la Luz de la Palabra de Dios y vivir en la verdad, en la transparencia. Una comunidad cristiana que vive la fe con alegría, sin hipocresías, que en el pecado proclama y vive la misericordia del Señor para todos. Una Iglesia mas en contacto con la gente, haciendo la pastoral de Jesús que iba al leproso, que se invita a casa de Zaqueo. La pastoral de Jesús busca a la gente donde está: el templo, la casa, el mar, el trabajo, en el pozo o en la intimidad de la noche. Una Iglesia acogedora y samaritana que recibe a todos, que no discrimina, que rompe las barreras estúpidas del dinero, el nivel educacional, la posición social, etc. Una Iglesia que saca al hombre, con la gracia de Dios de las aguas saladas de la alienación. “Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida” (Benedicto XVI Homilía 1).

Termino con dos textos que nos pueden mover a hacer una nueva evangelización:”Sepa que el que convierte a un pecador de su mal camino, salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de sus muchos pecados” Sant 5,20. ¿Hemos hecho algo así o al revés lo hemos hecho “merecedor el doble mas que ustedes del fuego que no se apaga” Mt 23,15

Pablo VI nos decía que los demás(los no cristianos o cristianos no practicantes) podrán salvarse por distintos caminos, “pero ¿podemos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza, o por ideas falsas, omitimos anunciarlo? Hermanos si no buscamos las ovejas perdidas no nos salvaremos. Recordemos que en muchos casos hemos sido nosotros los agentes pastorales de la Iglesia los que hemos escandalizado a los pequeños y se han alejado. Ojalá podamos convertirnos personal y pastoralmente y así “al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos” Mt 5,16.

Padre Ramón Tapia

Tomado de “Pequeños ritos para la vida diaria” de Anselm Grün

Comienza la mañana con la señal de la cruz. Levántate, ponte derecho, con toda atención, plenamente consciente toca tu frente con la mano derecha. Deja que el amor de Dios penetre hoy dentro de tu pensamiento.

Luego dirige tu mano hacia abajo y colócala debajo de la tripa. Deja que el Amor de Dios penetre en tu vigor, en tu vitalidad, en tu sexualidad. Imagínate en ese momento que Dios fortalece tu vigor, y al mismo tiempo, lo purifica para hacerlo poroso a su Espíritu.

Después pon tu mano sobre el hombro izquierdo. Deja que el Amor de Dios fluya dentro de tu subconsciente, en las imágenes que dormitan en el fondo de él. Imagínate que el amor de Dios pone orden en todo el caos interior de tu alma, que ilumina lo sombrío y sana las imágenes que generan enfermedad. Puedes también imaginar que el amor de Dios fluye sobre tu lado femenino. Cada uno de nosotros tiene un lado femenino, tierno, acogedor. Lo femenino puede otorgar protección, aunque también puede absorber, acaparar; da crecimiento a la vida y es una fuerza vigorosa, en constante despliegue, pero también puede asfixiar. Cuando el lado femenino que hay en ti está impregnado del Amor de Dios, es una bendición para los demás y para ti mismo. Deja que el amor de Dios penetre en tu corazón para que lo caliente el ascua del amor divino.

A continuación, pon tu mano sobre el hombro derecho. Deja que el amor de Dios fluya en tu conciencia: en tu obrar, en tus facultades, en tus decisiones. El lado derecho es el lado masculino. Puede fecundar pero también puede tiranizar. Puede tomar decisiones, pero también es capaz de monopolizarlo todo. Cuando el amor de Dios penetra en tu lado masculino este se convierte en una fuerza que produce cosas buenas, que apoya y alienta a otros, y que crea y configura algo positivo.

En la señal de la cruz, el Amor de Dios te toca. Por eso puedes sentirte plena y totalmente acogido e impregnado por el amor de Dios. Pero al santiguarte te das también un sí a ti mismo. Te aceptas plena y totalmente porque todo lo que hay en ti es acogido, tocado y penetrado por el amor de Dios.

Puedes hacer la señal de la cruz en silencio. Pero puedes acompañarla con las palabras usuales en nuestra tradición occidental: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En ese momento sientes  que es el Dios trino el que penetra en todo tu interior y lo impregna.

Puedes santiguarte con la fórmula de la Iglesia siríaca: En el nombre del Padre que me proyectó y me creó. Y del Hijo que descendió a lo profundo de mi humanidad. Y del Espíritu Santo, que hace derecho todo lo torcido.

Esta fórmula aclara lo que en último termino queremos decir también nosotros con nuestra breve formula occidental: el Padre imprime su sello en nuestro pensar. Él nos ha creado para que nosotros en su nombre, creemos, demos forma y figura a algo en este mundo. Nos presta ayuda para que configuremos este mundo en su Espíritu. El Hijo ha descendido a nuestra humanidad. Se ha encarnado. Camina con nosotros. Baja con nosotros a las profundidades de nuestro subconsciente para llenarlo todo de su amor y sanarlo. El Espíritu Santo es quien transforma y reconcilia. Transforma lo sombrío en luz, lo inconsciente en consciente, la agresividad en amor, el caos en orden. Y reconcilia las distintas zonas de mi interior: esas mismas que yo mismo no soy capaz de armonizar. El unifica lo que me desgarra. Me pone en sintonía con todo lo que hay en mí. De este modo me hace uno y me integra.

Deja que la bendición de Dios baje a las habitaciones de tu casa. Recorre una por una las diversas estancias: el dormitorio, el salón, la cocina, el despacho, el cuarto de los niños. La bendición de Dios expulsa todo mal espíritu y toda la tensión y desavenencia que en algún momento hayan anidado en ella. La bendición de Dios llena las estancias de amor, de calor y de una atmósfera positiva.

Sigue luego adelante con la bendición de Dios en tu día. Deja que fluya sobre las personas con las que-y para las que – vas a trabajar hoy: tus compañeros de trabajo, los clientes que acuden a ti, incluidos los difíciles. Cubre también a esas personas con la bendición de Dios. Verás hoy como tu relación con ellas es otra.

Puedes hacer que la bendición penetre en los ámbitos que trabajas y los impregna: la fábrica, la oficina, la empresa, el comercio. Así, a lo largo de todo el día, tendrás la sensación de que no te mueves en un mundo frío y extraño. Te mueves en espacios bendecidos, en los que la bendición alcanza también a las personas que allí trabajan.

Con la señal de la cruz, tú querido lector, querida lectora- te has bendecido a ti mismo y has hecho que la bendición descienda sobre tu cuerpo. Ahora tienes que prolongar la bendición para que el día sea un día bendecido, para que de ti irradie bendición a todas las personas con las que te vas a relacionar.

Ponte derecho, yérguete y levanta la mano en actitud de bendición. Con las palmas de tus manos dirigidas hacia delante, imagínate cómo de tus manos mana bendición de Dios hacia las personas con las que te sientes especialmente unido y con las que te encontrarás.

Padre Ramón Tapia

“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos  y proclamar un año de gracia del Señor”. 16-19

Lo primero que podemos decir es que él vivió treinta años como uno más del barrio Nazaret. Lo más largo de su vida fue este compartir con la familia y los vecinos de su barrio. Su vida de predicación fue cerca de tres años. Los otros treinta vivió con su familia y en su barrio. Iba los sábados a la sinagoga como dice el Evangelio. Hacía sus trabajos de carpintería a los vecinos. Se encontraba con ellos en el pozo del agua. Iba a buscar leña para cocinar, etc.

“Palestina y Nazaret en particular se dividían en tres estratos sociales: los aristócratas: grupo formado por la nobleza sacerdotal y los miembros de la familia sacerdotal y también los grandes terratenientes. La vida de este grupo era de un lujo insultante. Junto a este grupo había una clase media muy corta: eran pequeños comerciantes y artesanos que llevaban una vida desasosegada. Venía después la enorme masa de los pobres que, ciertamente, sobrepasaba el 90 por ciento de la población” (P. José Luis Martín Descalzo). Había muchos enfermos que caminaban por las calles (no había hospitales) ni ninguna organización para socorrer a los necesitados. Jesús asumió esta realidad, la vivió a fondo. No se arrancó, se encarnó en la historia concreta de su país y de su barrio Nazaret.

En ese barrio lleno de odio por la ocupación y los impuestos de Roma y las injusticias sociales. En esta realidad de pobreza él entró con el Amor de Dios, haciéndose uno de tantos (Flp 2). No se hizo a un lado, no se corrió sino que se integró y vivió esta realidad. Un Padre de la Iglesia dice que lo que no se asume no se redime. Miró con los ojos del Padre esa realidad y la vio como ovejas que no tienen pastor. Durante treinta años se preparó conociendo la gente, las costumbres, los trabajos, la vida de sus paisanos.

Hoy estamos llamados a hacer lo mismo en nuestros barrios, con nuestros vecinos. Nos invita el Señor a ser parte de nuestros barrios, a asumir nuestra realidad. A participar en la junta de vecinos, en el club de futbol, en el grupo de adulto mayor. Vivir preocupados por los que son ancianos o postrados.

La santidad tiene que ser concreta, vivida en nuestras casas, en nuestros barrios. Leamos lo que nos dice el Papa Francisco: “Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?[82]Gaudete 98.

Por eso en Chile el Papa nos dijo: ¡Sembrar la paz a golpe de proximidad, de vecindad! A golpe de salir de casa y mirar rostros, de ir al encuentro de aquel que lo está pasando mal, que no ha sido tratado como persona, como un digno hijo de esta tierra. Esta es la única manera que tenemos de tejer un futuro de paz, de volver a hilar una realidad que se puede deshilachar. El trabajador de la paz sabe que muchas veces es necesario vencer grandes o sutiles mezquindades y ambiciones, que nacen de pretender crecer y «darse un nombre», de tener prestigio a costa de otros. El trabajador de la paz sabe que no alcanza con decir: no le hago mal a nadie, ya que como decía san Alberto Hurtado: «Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien» (Meditación radial, abril 1944).
¿Qué haría Cristo en mi barrio? Además de lo ya dicho es importante en los antiguos y nuevos barrios buscar lugares para Dios aunque no sean capillas como nos dice el Papa : “Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas para los habitantes urbanos” EG 73

PREGUNTAS:

1.- ¿Quiero mi barrio, conozco mis vecinos, me preocupo de sus necesidades espirituales y materiales?

2.- La frase tan chilena: Yo no me meto con nadie, yo no le hago mal a nadie ¿qué te dice a ti?

3.- ¿Qué haría Cristo en mi barrio, en mi calle, en mi comuna?

Padre Ramón Tapia

Para responder a esta pregunta hoy veamos lo que hizo Jesús en su familia: “Bajó con ellos a Nazaret, donde vivió obedeciéndoles. Su madre conservaba cuidadosamente todos estos recuerdos en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en aprecio ante Dios y ante los hombres” Luc 2,51-52.

Los obispos latinoamericanos en Aparecida 432 nos dicen: La familia es uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños, y es patrimonio de la humanidad entera.

“La madre, que ampara al niño con su ternura y su compasión, le ayuda a despertar la confianza, a experimentar que el mundo es un lugar bueno que lo recibe, y esto permite desarrollar una autoestima que favorece la capacidad de intimidad y la empatía. La figura paterna, por otra parte, ayuda a percibir los límites de la realidad, y se caracteriza más por la orientación, por la salida hacia el mundo más amplio y desafiante, por la invitación al esfuerzo y a la lucha. Un padre con una clara y feliz identidad masculina, que a su vez combine en su trato con la mujer el afecto y la protección, es tan necesario como los cuidados maternos. Hay roles y tareas flexibles, que se adaptan a las circunstancias concretas de cada familia, pero la presencia clara y bien definida de las dos figuras, femenina y masculina, crea el ámbito más adecuado para la maduración del niño “. Papa Francisco (Amor en la familia 175)

¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. Carta sobre la santidad Papa Francisco (Gaudete).

Es importante en todo amar en nuestras familias, a las personas concretas que el Señor nos regaló. Son personas no perfectas como lo somos todos. Cristo amó a sus padres, los obedeció, trabajó con ellos y para ellos. Querer una familia perfecta formada por personas perfectas es ser algo neurótico, porque todos somos limitados, humanos, débiles como nos dice el Papa Francisco en Amoris Laetitia 325: “Porque, como recordamos varias veces en esta Exhortación, ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar. Hay un llamado constante que viene de la comunión plena de la Trinidad, de la unión preciosa entre Cristo y su Iglesia, de esa comunidad tan bella que es la familia de Nazaret y de la fraternidad sin manchas que existe entre los santos del cielo. Pero además, contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo. También nos impide juzgar con dureza a quienes viven en condiciones de mucha fragilidad “.

OREMOS PARA HACER EN NUESTRAS CASAS LO QUE CRISTO HARIA:

Oración a la Sagrada Familia (Papa Francisco)

Jesús, María y José en ustedes contemplamos
el esplendor del verdadero amor, a ustedes, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José, escuchad, acoged nuestra súplica. Amén.

Oración del Papa Benedicto

Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.

Padre Ramón Tapia